Para leer algo bien misionero: “Paíto” de Rosita Escalada

abril 23rd, 2014 | por laopiniondiaria
Para leer algo bien misionero: “Paíto” de Rosita Escalada
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En el día del libro te recomedamos algo muy especial y misionero: Paíto de Rosita Escalada Salvo

Revolver escritos viejos en invierno suele aparejar una rara y paradójica virtud: la novedosa grata sorpresa del re-encuentro primaveral. Fue lo que le sucedió a Rosita  (docente, escritora, titiritera, coplera, prolífica colaboradora de diarios misioneros, y poeta: el orden de los factores no altera el producto…), autora de “Paíto”, publicado por primera vez en 1994 por Polichinela, y desde entonces con varias reimpresiones. El argumento del libro -hoy arquetipo de la descripción de las tribulaciones de la infancia de muchos gurises misioneros,  es material didáctico en las escuelas misioneras, con ilustraciones del genial Mandové-  había nacido unos años antes, en 1976, cuando Rosita escribió su historia como un cuento (homónimo), que resultó premiado por Amde. Su autora remitió a Letras aquel escrito “precursor” cuya difusión constituye una nueva valoración de “esa entrañable historia individual que refleja la historia colectiva de la gente humilde; una novela que exhibe lo escindido de la condición humana. Sus gestas son la voz de los débiles, de los desposeídos”, tal como lo presenta actualmente la editorial de la Unam.

El Paíto genésico
“Paíto -sin duda debe su apodo al diminutivo infantil de pajarito- vive con su abuelo, el “Sombrero Ca-á”, como le dicen en el barrio no sólo los chicos, los adultos también. Y todo porque día y noche usa sombrero; negro, desteñido, deformado, inseparable. El “Sombrero Ca-á”, paso lento, casi arrastrado. Raspando las alpargatas en las veredas toscas. Encorvado, grisáceo. Indefinible…
Paíto –¡sí, que es un pajarito, un gorrión abandonado que cuchichea todo el día-, tiene cinco años. Cinco años y un mundo que se reduce a su abuelo y él. Nadie más. Su madre –hija de p…como la llama su abuelo cuando por las noches, no siempre, se emborracha, lo dejó con él cuando apenas conocía el equilibrio de rodillas y manitas llenas de tierra. Lo dejó por unos días… “Voy a ver si consigo trabajo, después lo llevo”. Tomó el tren que venía del Paraguay sin despedirse de nadie, porque nadie fue a despedirla. Y seguramente se encontró con una ciudad cerrada, donde tampoco nadie la esperaba.
Lo dejó por unos días…¿No habrá encontrado trabajo aún? Paíto tiene cinco años. “Un macho habrá encontrado”, dice por las noches, con voz ronca, su abuelo, que monologa en semitono mientras se balancea en la destartalada silla que lo soporta en sus viajes nocturnos atemporales. Los recuerdos van y vienen… La mujer, que tuvo la ocurrencia de morirse en el Hospital Madariaga, cuando todavía era fuerte para lavar la ropa… Los hijos varones, vaya a saber con qué prontuario… Uno se murió río abajo, contrabandeando. Sin identificar, dijo la Policía. Pero él sabía que sí, que era el Juancho. Por el reloj pulsera marca Rolex que se había comprado el día anterior. Con qué plata, le dijo. Qué te importa… Por el reloj pulsera. Nada más que por eso. Y lo del contrabando. Identificarlo… ¿para qué? Ya estaba muerto. Y bien baleado que estaba, le dijeron…
“Paíto interrumpe tímidamente sus recuerdos de viejo bamboleante. Tironea del saco gastado. tata, tengo hambre… Coma usté, yo no v’ia cená…en la olla quedó algo…Paíto revuelve el guiso frío del mediodía. No oye más la cháchara de su abuelo. Comienza, él también, a viajar por su universo poético, increíblemente puro, donde todas las fantasías son posibles. Y en voz bajita –cuchicheo de pichón- se cuenta cosas y habla con seres imaginarios. Amiguitos que no conoce. El perro que no tiene. La mamá que algún  día vendrá a buscarlo y que tiene la cara de la maestra rubia que pasa todos los días frente a su casa, y la voz de la vecina renegona, madre de siete hijos lustrabotas y diarieros.
“El abuelo regresa lentamente al presente sórdido del rancho. Paíto se ha dormido con la cabecita apoyada sobre la mesa de tres patas –una está rota y no la sostiene-. La vela oscilante saca destellos leves al pelo rubio-rapadura, donde han quedado anidados dos o tres granos de arroz recocido. Lo toma entre sus brazos con infinito cuidado, lo acueste en el único catre de la habitación y, como ha refrescado bastante, sobre la manta demasiado raída, extiende su saco, arropándolo.
“Paíto sonríe entre sueños. Y el Sombrero ca-á comienza a divagar un futuro para el nieto. No. El no será lustrabotas ni diariero. ¡Las cosas que aprenden! Trompeándose por las esquinas. Tan chiquito él. Fumando desde los siete, las colillas inmundas y pisoteadas de las veredas céntricas. Llegando a casa lloroso y sin un centavo porque los patoteros mayores se lo han quitado. Tomando restos de bebidas alcohólicas en los bares, cuando el mozo no los ve. O voceando “El Territorio” en la oscuridad neblinosa de las calles dormidas, en las puertas de las fábricas donde ojos endurecidos aún saben mirar con piedad, o en la Terminal de ómnibus donde las mujeres vencidas muestran desafiantes la manoseada mercancía…No. Su nieto no. El irá a la escuela. Debió ir al Jardín…pero lo anotó tarde y no consiguió lugar. Además, bueno, ya resolvería la cuestión de la ropa, las zapatillas. Tal vez la vecina de los siete hijos…Mujer de mal carácter, pero buena en el fondo. Como para no gritar todo el día, con siete críos, hijos de quien sabe quiénes. La vida…Así es la vida…Pero buena en el fondo.
Cuando la inundación del Chaquito, él en el Hospital y Paíto solo, ella se hizo cargo de todo. Hasta le salvó el catre y el calentador. El agua se llevó el resto. Que no valía mucho, después de todo. Ella grávida, con Paíto en un anca y un hijo en el otro lado. Buena y corajuda la pobre…
Y con los pesos que le da la Asistencia Social –que no son muchos, bah!-, pero alcanzan para el pan, carne una vez por semana, las velas, unos puchos y para el vino –iba a tener que dejar de tomar su vinito una semana, por lo menos, para las zapatillas. Hacía un mes que se había propuesto eso…Bueno, pero había tiempo. Hasta marzo, cuando tenga que entrar a primer grado.
“Sombrero Ca-á cae en una somnolencia. Se reclina en la silla que lo aguanta noche tras noche…De a ratos despierta con el chisporroteo de la vela casi extinguida. Paíto habla entre sueños…Las zapatillas…su abuelo le prometió…Irá a la escuela. No será diariero ni lustrabotas…
“-¡Diario!…¿Diario, señor?…Son diez pesos…
¡Diez pesos!…Para lo que trae!… “Convócase a plenario al partido…”Nueva minidevaluación del pes… Traficantes de drogas y corruptores de men… CTERA anunció que… Cortes de energía… Otorgáronse subsidios para… Fiesta de… Anciano muere de síncope cardíaco; cae sobre candil que provoca principio de incendio. Con él vivía un pequeño de cinco años que…”.
Suena un silbato prolongado y lejano. ¡Las siete! Apurar el paso. El diario para después. Otra jornada más…
La puerta traga a los obreros apresurados. Por sobre el Paraná, el sol colorea de rosa-violeta-naranja el cielo con atisbos de tormenta.
-¿Diario, señor?…

Fuente: El Territorio.

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